Mariano Pérez Arroyo (1945) es médico y trabaja co-mo Neurofisiólogo Clínico en la Clínica Vistahermosa de Alicante y como profesor en la Universidad Miguel Hernández. Aficionado a la fotografía, viaja con frecuencia a Rwanda, donde reside largas temporadas desde hace ahora catorce años, país en el que ha realizado múltiples trabajos de cooperación en el ámbito de la enseñanza y de la sanidad. María Faber y Emi Mellinas, autoras de esta entrevista y de algu-nas de las imágenes, han sido alumnas del IES Playa San Juan hasta junio de 2009. Ahora estudian 1º de Psicología en la UMH de Elche, y han querido seguir colaborando con Ola18, en la que han participado desde que iban a 4º de ESO, entrevistando a su profesor de Neurociencias.
¿Qué le llevo a ir a Ruanda? ¿Por qué ese país?
En mi caso fue una casualidad histórica, la guerra del ’94, que fue cuan-do se produjo una guerra civil entre una etnia minoritaria, los tutsis, que fueron asesinados masivamente por los hutus. Esas imágenes llegaron a España y yo estaba ya trabajando para “Médicos Mundi”, una ONG, y nos pusimos a recoger dinero, y cuando reunimos la cantidad necesaria, deci-dimos que había que llevarlo en mano, ya que la guerra había destruido todo y no se podían hacer giros y me fui hacia allá. Yo fui el vehículo del dinero recogido en aquella recolecta (que fue muchísimo), llegué y empecé a trabajar en Ruanda, me enganché al país y así he estado 14 años.
¿Se puede decir que sería como el mal de África?
Sí, África tiene un algo misterioso que subyuga, ¿no? Es una mezcla de todo, de naturaleza, de humildad, de alegría, de crueldad… Es un contacto con una vida, hasta cierto punto con una vida muy primigenia en algunos sentidos pero de una belleza muy atractiva, y yo creo que sí, que África es un continente que engancha tarde o temprano, no se puede muchas veces irse sin más.
Y el contacto con la guerra… ¿cómo lo viviste?
Bueno, yo la guerra la viví (la del ’94 había pasado) pero luego me pilló en el 97. Fue la única guerra que yo he vivido en mi vida, que fue una guerra que se desató en la zona de Congo, pero que afectó a Ruanda, y eran realmente todos los refugiados de la guerra de Ruanda que entraron otra vez, y entonces se dio un tiempo duro que al final nos obligó a irnos, sobre todo cuando m-taron a tres médicos. Entonces se dijo que todo el mundo tenía que volver, y volvimos, pero la vivencia de la guerra es muy dura, no es una vivencia agradable como civil, porque es una sensación de indefensión absoluta. No ves más leyes que las de las explosiones, los tiros y los muertos, pero eres como una víctima que no tiene capacidad de defensa. La mayor parte de las víctimas eran civiles y es difícil de aguantar muchas veces. Llega un momento de tensión que no puedes seguir más, llega un momento que ya no duermes, porque puede abrirse la puerta por la noche con una gente armada, llega un momento en que por las carreteras no sabes lo que te espera al dar una curva, y va subiendo ese desgaste emocional tan extremo que llega un momento en que es muy difícil seguir y seguir. Yo entiendo perfectamente que al cabo de unos meses tengas que marcharte, y de hecho es lo que ocurre con los profesionales, que los tienen que relevar. Nosotros teníamos, aparte de los ataques, después las minas, las minas que había en los caminos. Entonces llega un momento en que no puedes conducir, todo el rato en el coche diciendo… ¿va a volar? ¿no va a volar? Es decir, llega un momento que la tensión acaba contigo.
¿Y qué labor realizas allí? ¿Teníais medios?
Bueno, cuando empecé allí lo primero que me planteé fue encontrar esa asistencia, es decir, ¿quién necesita esta ayuda? Con el tiempo vas evolucionando y si realmente quieres ayudar a un país, lo importante es que el país se desarrolle por sí mismo. Entonces llegas a la conclusión de que lo que hay que hacer es formar a la gente. Y eso es un poco nuestra labor, ¿no? Trabajamos en el campo de la formación en todos los niveles, desde escuelas hasta universidad. Ahora acabamos de inaugurar unas grandes escuelas para 1500 niños, pero también hemos hecho un pequeño centro de formación profesional donde hacen carpintería, costura, etc. Mantenemos un hospital de 160 camas, que está muy bien equipado, y damos cursos de formación para médicos. O sea, que realmente asistimos, o damos ayuda a la formación desde niveles desde los 6 años hasta postuniversitario, es decir, cuando terminan la carrera. En mi caso, convencido de que es lo que realmente puede ayudar a desarrollar a un país y que no vuelva nunca a caer en la guerra, o sea, si sube el nivel cultural y el país se desarrolla económicamente, es muy posible que no vuelvan a estallar guerras en la zona, y de hecho el país en este momento tiene una relativa estabilidad. Pero vamos, que con todo y con eso Ruanda es un pequeño polvorín.
Y la escuela que me acabas de comentar, ¿cómo es posible que en tan poco tiempo la construyeseis…?
Pues sí, ha sido una obra rapidísima, hemos tardado 7, 8 meses, no me acuerdo cuánto. Hombre, la construimos en llano, o sea no elevamos piso, y son casas de ladrillo, y entonces te permite trabajar con toda la gente a la vez y ha habido momentos que hemos tenido 240 obreros trabajando al tiempo; entonces hemos levantado las aulas, los muros, los tejados que hemos puesto de teja. Y hemos terminado las escuelas preciosas. Tienen 20 aulas, dos laboratorios, servicios, aseos.
¿Su relación con el pueblo de Ruanda?
Excelente. Mi relación con la gente es muy buena, tanto con la gente de las colinas, con los médicos ruandeses, con los profesionales… Mi vida particular se desarrolla con la gente de la ciudad, cada uno busca su hueco cultural. Entre ellos, sin embargo, a veces percibes la tensión, aunque tratas de relacionarte con unos con otros, escucharles. Mi relación es muy buena.
En un futuro, ¿tendría pensado instalarse allí definitivamente?
Sí, prácticamente ya lo estoy. Ahora el nuevo plan me va a permitir contemplar las clases muchísimo. Dar clases me gusta, me apasiona y no voy a renunciar a ello mientras pueda, pero lógicamente voy a pasar mucho más tiempo allí que aquí. Para mí ya está decidido. De hecho este año ya llevo más tiempo allí que aquí. Realmente aquí vengo a reponerme, a buscar ayuda económica, lo que yo hago aquí es fundamentalmente la gestión económica, ir a los sitios a pedir dinero, etc.
¿Cree que la ayuda humanitaria está bien repartida y llega a la población?
La ayuda llega siempre. En contra de lo que la gente diga, que no llega y demás… es absolutamente falso. Lo que se pueden cometer son errores, grandes errores, pero de buena fe. Nosotros y yo y todos hemos cometido grandes errores. Hemos invertido esfuerzo y dinero en acciones que Entonces, yo cuando empecé en los campos de refugiados del Congo de la posguerra íbamos cargados de ayuda humanitaria y realmente estábamos financiando la guerrilla. Es decir, gran parte de todos esos alimentos que dábamos, se vendían después y se utilizaban para comprar armamento. Y eso lo descubrimos mucho después. Ayudar es muy difícil, imagínate lo que es llegar cargado de comida y dinero a un sitio dónde hay una inmensa masa de gente que te reclama ayu-da, ¿por dónde empiezas?. A veces gente que lo reclama es la que menos lo necesita, mafias lo-cales que cogen la comida para luego venderla. Es muy difícil sobre todo en situaciones de emergencia. Cuando llevas mucho tiempo es más fácil, pero en la emergencia es mucho más difícil. Llega, aunque a veces por un camino erróneo.
¿Le gustaría que hubiese una mayor implicación por parte de la sociedad?
Sí, claro, por supuesto. Precisamente ahora con el proyecto de las escuelas nuestro objetivo es tener allí estudiantes, profesores y PAS. Este verano van dos personas del PAS para identificar el proyecto y tenemos ya una residencia con habitaciones para 22 personas. Pretendemos que la gente vaya, y trabaje en las escuelas porque es una excusa para conocer el ambiente, ver las cabañas de los alrededores, participar en el hospital… Mi sueño, y se realizará pronto, será transformar aquello en un campus universitario para que la gente pueda ir, aprender… por lo menos tener un contacto. Después otros seguirán, no seguirán, otros pasan y muchos se quedan y tienes gen-te que sabes que te va a ayudar el resto de su vida. Mi sueño desde luego es abrir allí un campus a pesar de las complicaciones y lo difícil que resulta.
¿La UMH le está apoyando?
Si, totalmente. Me apoya primero, porque me permite estar allí y lo considera parte de mi trabajo y lo segundo aporta también ayuda económica y porque la Oficina de Cooperación la mantiene la universidad. Sin una Oficina aquí, es imposible que salga aquello. Y la cooperación es una activi-dad profesional que tiene una faceta abierta al voluntariado pero no es para principiantes, no es para gente que quiera ayudar un poco, necesitas profesionales.
Al final con todos los proyectos, manejas mucho dinero y por eso hay que contar con profesionales que justifiquen bien qué se hace con ese dinero, etc. Ahora el proyecto que vamos a abrir de estudiantes y PAS están todos encantados. Han venido a inaugurar las escuelas gente de la universidad muy decididos a apoyar el proyecto y a financiarlo. Es una experiencia interesante.
¿Siempre has tenido claro que querías dedicarte a la medicina?
Yo sí. Yo cuando acabé la carrera estudié medicina tropical porque ya quería ir África. Lo que pasa es que luego me entró la inquietud del sistema nervioso y me puse a hacer la tesis y me fui liando con otras actividades, estuve en el extranjero… Pero al final la vida me dio la oportunidad y me marché. Desde que era muy joven ya tenía esa inquietud, leí la vida de un médico alemán, Albert Schweitzer, que trabajó en Gabón; Albert era un organista alemán y a los 40 años decidió hacerse médico y marcharse a Lambaréné y fundó un hospital que para mí fue una referencia. Luego lo retrasé y terminé la carrera dispuesto a marcharme pero me atrapó el sistema nervioso, aunque no me arrepiento porque pienso que he llagado hasta aquí con una madurez que me ha permitido aprovechar mucho de lo que he visto. La vida es así, nunca se sabe.
¿Con qué te quedas de cada una de tus facetas como médico y profesor?
Me siento más profesor que médico en muchos sentidos porque allí también enseño. Lo que pasa es que no puedes renunciar a ninguna de las dos facetas. No concebiría la medicina sin enseñarla pero tampoco concebiría enseñar sin ejercer la medicina, no podría explicar el sistema nervioso si no lo practico en mi vida cotidiana. Creo que no podría separarlas. O sea que ahí no te puedo contestar.
Como médico, ¿cuál ha sido la enfermedad más conmovedora a la que te has enfrenta-do?
No sé, yo creo que ver morir por sida. Sobre todo porque el sida en África está destruyendo familias completas, te encuentras con grandes dramas en los que ves madres y padres que van a morir y van a dejar a los hijos solos... Dramas tremendos. Yo creo que lo que me parece más duro en África es el sida, es la cara más terrible de África porque está devastando a las familias, está generando millones de muertos, por toda África. No sabes que será de todos esos huérfanos, a pesar de que en África hay un concepto de familia extensa en el que se acogen unos a otros. Uno de los casos más dramáticos con los que me he encontrado hace poco es una enfermera que con 15 años sus padres se infectaron de sida y se dio cuenta de que se quedarían huérfanos todos y ella como cabeza de familia. Ahora con la llegada de los antirretrovirales parece que se ha mejorado un poco pero la crisis económica por ejemplo está produciendo que muchos pacientes que habían mejorado están volviendo a caer porque se ha reducido el acceso a ellos. Hay enfermedades oportunistas en las que se está volviendo a caer como la tuberculosis también bastante duras, pero es el SIDA la que más me ha impactado.
¿Cómo logra compaginar su labor como médico, como profesor, en Ruanda…?
Pues separando los tiempos y además últimamente siento que no las compagino bien y me siento descontento allí y aquí, este año ha sido realmente muy desorganizado pero ahora espero pueda pasar unos meses en Ruanda y otros aquí por separado. Me cuesta compaginarlo, me cuesta un esfuerzo físico y personal muy grande y por eso quiero dividir bien los tiempos.
Y por último, ¿qué le diría a todos los estudiantes que van a leer la revista sobre todo este tema?
Yo lo que creo es que el estudiante tiene que buscar la información, eso es lo importante, es decir no tiene que esperar pasivamente a que la información le llegue. Es decir, las llamadas guerras olvidadas, las guerras olvidadas, como por ejemplo el conflicto del Congo que tenemos a 100 km de donde yo vivo, la famosa guerra del coltan. A 100 km de donde yo estoy con mi portátil y escuchando mi música, la gente se está matando y esa guerra muy poca gente la conoce. Hay muchas guerras como esta, que lleva ya más de 3 millones de muertos. Entonces, yo pienso que la gente tiene el deber de informarse y buscar la verdad como labor personal, no esperar pasivamente a que la información te llegue. Yo pediría a la gente que fuera activa en la búsqueda de toda la información y que se informe del mundo en el que vive. Nosotros vivimos maravillosamente aquí, pero a unas horas de avión de aquí se puede entrar en zonas de guerras, zonas en las que hay epidemias tremendas, guerras africanas, la existencia de los niños soldado… Somos una pequeñísima parte y la gente tiene que mirar en qué mundo vive. La crisis de Europa aquí nos parece tremenda pero al lado de lo que se produce en otros países a mí me produce risa, aunque hay gente aquí que lo está pasando muy mal. Pero hay que tener en cuenta que la gente que aquí lo pasa muy mal, es la forma habitual de vivir en estos países. Entonces yo pienso que sí, que la gente tiene que saber salir fuera, que hoy día no hay excusa. Hay una cosa que está clara y es que hoy día, hay información sin límites. Te metes en Internet y sabes que vas a tener información con todas las opiniones políticas, etc. La gente debe buscar la verdad no en el sentido de la verdad suprema, sino, ¿dónde vive?, ¿cuál es la época que nos ha tocado vivir?, y qué es lo que está ocurriendo fuera de nosotros. Es lo que yo aconsejaría.
María Faber y Emi Mellinas. Antiguas alumnas del IES Playa San Juan
Me encanto leer esta entrevista, la cual encontre sin querer, buscando otra información. Mariano ha sido profesor mio hace 7 años y lo recordaré para siempre como aquella maravillosa persona de la carrera de psicología.
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